Fiestas en los pueblos de Colombia


Carnaval de Riosucio
LAS FIESTAS DEL DIABLO
La figura del diablo ha sido fundamental en la historia de las culturas
afroamericanas. Durante el periodo colonial, sus festejos de tambor,
danzas y prácticas curativas siempre fueron asociadas al demonio. Como
una estrategia simbólica de resistencia, la gente africana se apropio de esa
imagen para enmascarar ritos y personajes propios de sus lugares de origen, manteniendo así la fuerza de sus tradiciones. De este modo, la
demonización, estigma que les cerró las posibilidades de ascenso social,
educación o trabajo fue utilizada de manera estratégica por los esclavizados
para preservar diferentes aspectos de sus culturas ancestrales. El diablo y
sus acciones han sido símbolo de resistencia entre los pueblos afroamericanos.
Aparece en máscaras, relatos, carrozas y disfraces. Desde tiempos coloniales,
los misioneros que visitaron la costa pacífica afirmaban que los instrumentos
musicales de los esclavizados eran el propio demonio y bailar al son de los
mismos fue considerado como un acto satánico. Estas acusaciones fueron
lanzadas contra la marimba de chonta y contra la danza del currulao
característica de esa región.
Pero la fiesta más legendaria en honor al demonio es el Carnaval del Diablo
en Riosucio (Caldas). Según Ángela Pérez, esta ciudad fue fundada en 1819
por la unión de dos reales de minas: Quiebralomo, conformado por mineros
africanos, y La Montaña, habitado por indígenas embera. El poblado conservó
su antigua división, de tal manera que La Montaña ocupó la parte baja con
una plaza propia consagrada a la Virgen de la Candelaria. Quiebralomo tomó
la parte alta adoptando a san Sebastián como su santo patrono. En el año de
1846 se decretó la supresión de los distritos originales y se creó Riosucio.
Alimentándose de las tradiciones culturales de españoles, indígenas y africanos
nació el carnaval que comienza el día 28 de diciembre – Día de los Inocentes–
y termina el 6 de enero, Día de Reyes. Esos días transcurren entre desfiles
callejeros, pólvora, poesía, danza y alcohol hasta el cansancio. El día más
importante es el 4 de enero cuando la gran estatua del diablo se sienta en su
trono rodante y comienza el desfile triunfal por las calles del poblado. Lo
sigue un cortejo de personajes disfrazados, la chirimía, las cuadrillas de
oradores que relatan la tradición de su gente y denuncian los problemas
sociales; por supuesto acompañados de los polvoreros de Supía. Del otro
lado del pueblo, los matachines sobre un tablado, esperan la llegada de su
majestad. Cuando el diablo llega, comienza un duelo de palabras donde
ambos bandos descargan sus inconformidades. Es una larga ceremonia
literaria donde el pueblo ejercita su memoria colectiva. Los días siguientes,
son ocupados por las comparsas y los bailes de la chicha.
Entre las prácticas de ascendencia africana que aún están vigentes en ese
carnaval, podemos resaltar todas las destrezas alrededor de la oralidad.
Las cuadrillas de oradores constituidas por demonios y matachines en
oposición constante, relatan la historia de la ciudad, de los personajes
míticos de la región. Este aspecto convierte la fiesta en una evocación del
pasado y en una manifestación del inconformismo de estos pueblos
descendientes de mineros de origen africano. Es posible encontrar ese doble
atributo de la oralidad como denuncia y remembranza colectiva entre las
sociedades del África que abastecieron los mercados negreros de lo que hoy
es Colombia

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